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sábado, 5 de octubre de 2013

Complejos y prejuicios. La necesidad de una cultura de defensa

La ausencia de percepción de necesidad lleva a que la sociedad no contemple un posible cambio de escenario que desestabilice la convivencia pacífica cotidiana. La sensación de seguridad no confiere así necesidad de defensa.

Las generaciones posteriores a las dos grandes guerras convivieron además con la amenaza permanente de que la guerra fría sufriera un dramático calentamiento. Esta situación  hizo posible el creciente desarrollo de la diplomacia, con el fin de impedir que se produjera un nuevo enfrentamiento mundial más devastador. La sociedad actual conoce los horrores de la guerra pero, en su mayoría, no los ha vivido, resultando anacrónicas las causas y consecuencias de los conflictos de la primera mitad del siglo XX.

Una de los efectos secundarios propios del intento de no repetir errores pasados fue el nacimiento de un pacifismo heredado en las conciencias de las presentes generaciones de la sociedad mundial. Sin embargo, la evolución histórica, tecnológica, política y social, así como la mutación de las amenazas y el surgimiento de nuevos actores desestabilizadores del orden establecido, no han supuesto una paralela adaptación en muchos casos de la filosofía pacifista.
Particularizar en España el pacifismo, toma una dimensión compleja por el carácter propio de la historia del país, en que la última gran guerra fue interna. Más de cuarenta años de autoritarismo y  la complejidad del cambio de sistema político posterior han marcado los cambios psicosociológicos que caracterizan a los españoles.
El pacifismo español, que más bien es un antimilitarismo surgido de los  traumas propios de la historia reciente, carece en muchos casos de la perspectiva del cambio de rol de España tras la integración completa en todos los estamentos internacionales, así como del nuevo papel, que como actores globales le toca desempeñar.

Aunque las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado son las instituciones más valoradas por los españoles, sus funciones, en especial las de las Fuerzas Armadas situadas en tercer lugar tras la Guardia Civil y la Policía Nacional, son poco conocidas.
El Ejército español cuya visibilidad operativa de cara al público, se reduce a la intervención en misiones exteriores humanitarias y catástrofes naturales internas y externas, ha sido la institución estatal que mejor y más rápido ha sabido adaptarse al orden político democrático vigente. Sus actuaciones son muy valoradas tanto por los españoles como por la comunidad internacional, no solo por su profesionalidad en el desempeño de sus funciones, sino también por el carácter empático propio del país que se vuelca sin paliativos ante una situación de desestabilización de cualquier tipo.

Por desgracia, ese pacifismo mal entendido, se focaliza en la necesidad de la fuerza armada, imprescindible para el mantenimiento del orden en determinadas situaciones. Ello revierte los discursos, enfatizando el carácter ofensivo de la fuerza, ignorando que la defensa, por su propia naturaleza y con las reglas del juego del derecho internacional público y humanitario vigente es la verdadera y única función de los ejércitos modernos.
Formar parte de la Comunidad Internacional conlleva la seguridad del apoyo mutuo en caso de ruptura del status quo imperante, pero requiere a su vez la responsabilidad de ser parte activa en el mantenimiento del orden y la concienciación de que lo que ocurre más allá de las fronteras del Estado propio, cada vez más difuminadas por el empeño de crear unidades regionales fuertes, afectan a toda la sociedad internacional. La globalización ha supuesto entre otras muchas cosas, una movilidad humana hasta ahora desconocida, que a su vez implica una convivencia multicultural, multirracial, multiétnica, multiidelógica y multirreligiosa de difícil asimilación, ya que la mente humana, en primera instancia, suele percibir como amenaza todo aquello desconoce.

Es utópico e irresponsable presumir que los nuevos actores del teatro mundial, no deseen la supremacía propia o la imposición de sus rasgos, que consideran superiores y que la democratización de valores y principios éticos, aceptan o rechazan en función del grado en que cumplen con estos. La decisión de la mayoría, propia de los sistemas democráticos, se ha extrapolado a la de la comunidad internacional global. Como todas las decisiones, en muchos casos no implican que sean acertadas por más que se revelen como mayoritarias.

Así, en España, hay una percepción confusa que lleva a priori, al sentimiento de rechazo cuando se interviene de modo activo para cumplir con el deber de salvaguardar los derechos derivados de su papel exterior. En gran medida, esto se debe a que el sistema político parece negarse a aceptar que la sociedad que surgió con el sistema democrático, tiene casi cuarenta años y ha madurado. La sobreprotección derivada de la fragilidad con la que nació la Constitución Española vigente es en parte una de las causas que pretenden justificar que se ha descuidado una educación ciudadana, de cara a la asunción de responsabilidades y aceptación de factores sin los cuales no hubiera sido posible el desarrollo eficaz de la sociedad actual.

Complejos y prejuicios se han ceñido especialmente en el Ejercito Español que por su pasado de actor principal en las élites de gobierno, rasgo propio de cualquier sistema autoritario, es injustamente tratado y valorado como un ente renovado y perfectamente adaptado que, sin embargo, conserva intactas las características que lo definen: honor, sacrificio, abnegación y obediencia en beneficio del mantenimiento del orden estatal establecido. Los rasgos propios de Ejército  dificultan en gran medida una mayor transparencia en sus actuaciones, su carácter disuasorio, imprescindible para repeler posibles amenazas lo justifican, pero ello no es motivo para que se considere que la ciudadanía no está preparada para conocer su carácter funcional.

Una encuesta del CIS que preguntaba acerca de las profesiones mejor valoradas por los españoles, así como del conocimiento que se tenía de estas, revelaba que se desconoce mayoritariamente las labores de un oficial de carrera y que estos eran peor valorados que los efectivos de tropa profesionales a los que dirigen. Es cuanto menos curioso, que desconociéndose las funciones del elemento que confiere unidad a un conjunto y logra su correcto funcionamiento sea peor valorado que cada uno de los componentes de dicho conjunto cuando unos y otros son imprescindibles. Hoy en día, la rescatada necesidad del liderazgo como motor director de equipos eficientes, se mezcla con la defensa de la horizontalidad que rechaza la necesidad de estructuras piramidales, lo que aún hace más variada la opinión ciudadana.

Asombra como los “pacifistas” ignoran conscientemente que salvo errores puntuales el Ejercito ante todo, ha cumplido de manera eficaz y eficiente los deberes encomendados, a costa de lo que cualquier ser humano considera el bien más valioso, la propia vida, ensuciando incluso determinadas acciones o inacciones al atribuirle decisiones meramente políticas, en las que el Ejército por su propia naturaleza, ni participa ni discute.

Los Jefes de Estado Mayor y los Generales que han ocupado los cargos de más relevancia en la administración militar son personas anónimas para la mayoría de la sociedad y pese a encarnar la responsabilidad de la seguridad y la defensa del Estado no se han destacado ni por su carácter belicoso ni por su ideologización, algo que no ocurre en ninguna otra institución estatal ni en todos los países democráticos. Al contrario, en su mayoría se revelan como defensores de la paz intra y extraterritorialmente y servidores del pueblo sin reservas. Resulta así más difícil entender ese pretendido pacifismo, que pugna por una reducción del presupuesto asignado al Ministerio de Defensa por una simplista comparación con las dotaciones de otros ministerios que se creen más útiles y necesarios. Es un sinsentido que nadie alce su voz de manera significativa por el dinero público empleado en el Ministerio del Interior, cuando las funciones de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado son velar en su conjunto por el mantenimiento de la convivencia pacífica y del normal desarrollo de la vida de los ciudadanos. Tampoco estos pretendidos pacifistas se rasgan las vestiduras por el presupuesto empleado en el Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación por más que un fallo en la diplomacia o un conflicto que afecte a países aliados y amigos que no sea resuelto en negociaciones pueda desembocar en la necesidad del recurso a las Fuerzas Armadas.

La utopía de un mundo sin ejércitos, no deja de ser eso, un pensamiento irrealizable cuando la lucha por los recursos, la imposición de creencias o las pretensiones territoriales van a seguir existiendo como modo de vida humano. Lo cierto es que en la actualidad, gran parte del mundo con sus problemas y carencias convive con la relativa tranquilidad de la inexistencia de una amenaza inminente de sus vidas cotidianas. Las instituciones que lo propician son una máquina bien engrasada cuyas piezas son necesarias e imprescindibles. Cada una cumple una función específica y en su mayoría suelen ser consideradas de modo justo y racional por las sociedades que las sostienen y a las que sirven. Al Ejército en cambio, en España y a aquellos defensores de su necesidad, se le ha etiquetado con ideologías que rechazan radicalmente y sigue teñido de prejuicios tan injustos como injustificados. Con la amenaza del terrorismo nacional adormecida pocos parecen recordar que sus ideales pretendían una independencia territorial de unos pocos individuos  asesinando a miembros de las instituciones que representan el buen funcionamiento del Estado y a sus compatriotas ciudadanos, ensañándose especialmente con sus defensores directos. El terrorismo internacional, una nueva amenaza surgida en el siglo XXI, atenta directamente contra la sociedad civil que se revelaría indefensa sin nadie que vele por su seguridad, ni sea capaz de asegurar su defensa.

Por mucho que una de las misiones de las Fuerzas Armadas sea también la de velar por la integridad territorial, ninguno de sus miembros se ha revelado ante las pretensiones independentistas de algunos territorios por tratarse exclusivamente de cuestiones políticas y porque dentro de la institución militar la ausencia de fisuras en cuanto a su visión de Estado es absoluta. La sumisión de todo el Ejército a su misión constitucional es total y aun estando sus miembros cada vez mejor y más formados en absoluto carecen de criterio y pensamientos propios como seres humanos individuales. No alzan la voz, tienen por obligación ser un modelo de conducta y sencillamente trabajan para que todo siga funcionando según las normas a las que están sometidos pero ello no implica la ausencia de crítica para tratar de mejorar la institución o la lucha por sus propios derechos.

Complejos y prejuicios llevan a que la sociedad en muchos casos no valore con el debido respeto que los profesionales de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado que pierden su vida, sus compañeros, familiares, amigos y una buena parte de la ciudadanía sean conscientes, de que los caídos en acto de servicio tenían como principal misión, velar por que la mayoría ni siquiera se cuestione, que se va a despertar cada día con la cotidianeidad de la ausencia de la amenaza por su propia vida o la del resto de la sociedad y que incluso, en países lejanos, haya personas dedicadas a paliar las amenazas que se ciernen sobre millones de seres humanos.


 Silvia Brasa. 2013